Bienaventurados los que no os sentís saciados por haber comido bien y tenéis mucha hambre hasta que todos coman. Porque esa es la justicia y la sed de justicia.
Felices si denunciáis las injusticias y sentís dentelladas de hambre en el vientre cuando descubrís que el ser humano explota al ser humano.
Felices los que os morís de sed viendo sediento al pobre, al emigrante, al parado.
Felices si gritáis mil veces: “no puede ser que unos tengan tanto y cada vez más y otros tengan tan poco y cada día menos”.
Felices si sabéis castigar a los periódicos a escribirlo otras mil veces.
Felices los que denunciáis a los jueces que dictan sentencias mirando la cara bonita de los guapos, poniendo en la balanza el tener de los que tienen o el poder de los poderosos.
Felices si dejáis de ser pasotas y os pringáis.
Felices si no se os va toda la fuerza por la boca, y os queda coraje para la lucha.
Felices, si aunque nadie lo declare, ni lo digan los periódicos, vosotros sois profetas, defensores del pueblo, portavoces del partido de «los hambrientos de justicia».
Tener hambre y sed de justicia se traduce, en castellano, por desear ardientemente que se implante en el mundo el orden querido por Dios.
No, no sólo desear ardientemente, sino luchar con coraje, por el Reino de justicia, para hacerlo realidad.
Bienaventurados si no os vendéis, ni os dejáis comprar o sobornar.





