Si hay santos de aquellos que el papa Francisco decía de los de la puerta de delante, o a pie de calle, Pilar era una. Alguien que la conocía y estimaba mucho, en una ocasión le decía que su camino de santidad era vivir amando a los pobres. Este fue el fundamento de su actuar en las diversas actuaciones y responsabilidad en las que invirtió su vida.
En esta vida hay un momento que podríamos decir fontal que la marcará en este estilo de hacer. Fue su estancia en París en el mundo del trabajo y participando de la JOC. Aquí ya encontramos los dos pilares fundamentales de su vida: Jesús y los pobres. Esto configuró su personalidad de mujer profundamente sencilla, libre, realista, abierta y comprometida.
Como profesora del Instituto Católico de Estudios Sociales de Barcelona fue una maestra, en el mejor sentido de la palabra, si Pablo VI decía que la gente de hoy no necesita maestros sino testimonios, Pilar maestra y testimonio, igual que lo hacía su maestro: “Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas” (Mt 7,28-29). Y la prueba es que hasta el final de su vida recibía a menudo a alumnas que la habían tenido como maestra.
Pilar confesaba que no tenía vocación política, y si tuvo un papel y una aportación importante fue porque los políticos se lo pedían, precisamente porque veían en ella su honradez, su realismo y su creatividad. En un mundo donde las competencias, los personalismos y los intereses son tan abundantes, a ella se le puede aplicar de alguna manera aquella exhortación que Jesús hacía a sus seguidores: “Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”. (Mt 10,19-20). Y ciertamente aportaba la preocupación por todo lo que hace referencia a los servicios sociales, pero remarcando de poner la dignidad de la persona y su promoción en el centro, ya sea en su paso como diputada en el Parlament y en el breve paso en el del gobierno de la Generalitat. Es significativo de su talante dialogante y honrado, el hecho que consiguiera el consenso de todos los partidos, a la hora de encargar la creación de la Síndica de Greuges del Ayuntamiento de Barcelona.
En toda esta etapa de compromiso en el ámbito temporal Pilar supo concretar su capacidad de no entrar en el espíritu de los personalismos, los honores, las medallas… puesto que a pesar de recibir más de una nunca lució. Y en cuanto a su fe, desde su opción militante la supo encarnar, tal como nos enseña Jesús: “Yo les he confiado tu palabra, pero ahora el mundo les odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy. No te pido que les saques del mundo, sino que les preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo tampoco soy” (Jn 10,14-16).
Seguramente que allá donde Pilar pudo ser más ella, con sus valores, motivaciones, estilo y creatividad fue en Cáritas. Allí supo poner en marcha servicios realistas para diferentes realidades de pobreza, buscando que respondieran a su realidad, que fueran promotores de sus vidas y autonomía. Supo crear un buen equipo profesional donde reflexionar, compartir y revisar. Supo hacer de Cáritas la cara visible más favorable de la Iglesia. Una realización concreta de su paso por Cáritas fue la creación del Centro Catalán de Solidaridad (CECAS). Subrayaría de su saber hacer un equilibrio no siempre fácil de mantener entre los principios y lo concreto, o entre la cabeza y el corazón. Como anécdota, en su equipo de ACO, cada vez que salía el tema de cómo actuar cuando uno se encuentra con un pobre, ella insistía en que había que orientarlo a los servicios sociales. Un día sale que había encontrado a un pobre en la parroquia y le había dado un dinero. Evidentemente todos le reprocharon sus principios, y ella se tuvo que excusar diciendo que le había tocado el corazón. Quiere decir que aceptaba las contradicciones porque no era una persona radical. Tenía muy presente el criterio evangélico de: ““Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mt 22,37-39)
Y si ya hemos dicho desde un principio la importancia fundamental de la fe en toda su vida, digamos algunas cosas sobre cómo la entendía y la vivía. Era una fe que alimentaba totalmente en la Palabra de Dios que conocía a fondo y era el fundamento de su plegaria. Una dimensión importante era la vivencia comunitaria que concretaba en la participación en su parroquia, en las celebraciones dominicales, como catequista, y como miembro del Consejo Pastoral. Otra concreción importante que la acompañó toda la vida fue el Instituto Misionero Secular (IMS) donde podía compartir su vida personal y su vida y compromiso en las diferentes realidades que hemos visto, y finalmente en nuestro movimiento de Acción Católica Obrera (ACO). Y como participación importante y puntual fue su participación en el Concilio Tarraconense, donde junto con algunos otros miembros aportaron la dimensión de la pobreza.
Vivía intensamente la preocupación por la vida de la Iglesia y vivía el espíritu testimonial y evangelizador, puesto que no tenía nada de intimista. Esto hace que viviera con preocupación el interés por llevar Jesús a los pobres, convencida de que el Evangelio era para ellos en primer lugar. La hacía sufrir que las organizaciones caritativas de la Iglesia, que daban ayudas, vivienda, orientación, alimentos… no supiéramos también darles aquello de mejor que nos movía.
Su fe era una fe abierta, que la llevaba a tener claro que el Dios de Jesús es mucho más grande que todos los que hacemos. Una expresión que repetía cada vez que salía algún tema sobre realidades que de alguna manera lo empequeñecían o lo desfiguraban era esta: “Pero Dios es más grande que todo esto.” Y la misma vivencia de la fe fue la que marcó una cualidad difícil de mantener en algunos de los ambientes por los que se movió, como es la sencillez reconocida por todos quienes la conocieron. Vivió la exhortación de san Pablo: “Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios” (Rm 12,16)
Con toda certeza, en el momento de su muerte, podemos encontrar todo el consuelo de la fe que animó su vida, en las palabras del Apocalipsis: “«Escribe: ¡Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor! Sí —dice el Espíritu—, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan»” (Ap 14,13)




