¿Os imagináis por un momento, una concentración de hombres reivindicando la igualdad salarial con sus compañeras de trabajo, los mismos estudios, los mismos cargos de responsabilidad, el reparto de los cuidados en el hogar, el acceso a los lugares de decisión, el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, a no ser discriminados por haber nacido hombres o a no sufrir violencia por parte de sus parejas o ex-parejas?
¿Qué pasaría si cada semana un hombre o dos fueran asesinados “presuntamente” por una mujer que les considerara una propiedad suya sin derecho a la libertad de decidir si quiere seguir o no con una relación?
¿Qué pasaría si una mujer matara delante suyo a sus hijos, solo para hacerles daño, para hacerlos sufrir?
Pues esto que parece tan y tan inverosímil, está normalizado completamente en el sentido contrario, por la otra mitad de la humanidad. En pleno siglo XXI, las mujeres tenemos que continuar luchando por todo esto. E incluso, hay quien dice que los jóvenes (varones, se entiende) se ven amenazados por un “exceso de feminismo” y se acaban añadiendo a los postulados machistas y patriarcales de la extrema derecha porque ven en peligro sus prerrogativas. Me parece que hacer recaer también sobre nosotras las mujeres esta responsabilidad, con la que nos cae encima, es sobrepasar todas las líneas rojas imaginables.
Y ¿qué pasa en la Iglesia? Pues lo mismo que en la sociedad. El patriarcado y el machismo están presentes también. Y tenemos que continuar recordando que Jesús trató a las mujeres sin ningún tipo de discriminación, que formaban parte de su grupo, de la nueva comunidad que instauró con todos los derechos y deberes que sus compañeros hombres. Y, por lo tanto, si reconocemos con san Pablo que el bautizo nos hace iguales, que una vez bautizados, ya no hay diferencias entre hombres y mujeres, mantenernos como cristianos de segunda, invisibilizarnos, negarnos algunos de los sacramentos, vetarnos algunos ministerios, olvidar de aplicar medidas de cierta apertura más de sesenta años después de un Concilio… no ayuda precisamente a sentirnos formando parte de esta Iglesia.
Pero somos tozudas y creemos firmemente que Jesús nos ama tal como somos, con nuestros cuerpos, que nos hace iguales en dignidad a todas las personas, tengas la orientación sexual que tengas, que hay que releer el Evangelio no desde el patriarcado sino desde el feminismo, para recuperar el papel de la mujer en la comunidad. No queremos ser encasilladas en estereotipos que nos idealizan y nos deshumanizan. No somos ni Marías ni Evas.
Por eso, el domingo día 1 de marzo por séptimo año consecutivo, las mujeres de Alcemos la Voz nos concentramos ante la Catedral de Barcelona, como hicieron también nuestras compañeras de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia por más de treinta ciudades en todo el estado, en el marco de la celebración del 8 de marzo. ¡¡Ojalá no hiciera falta ya hacerlo!!




