Escribe la filósofa húngara, Agnes Heller (Budapest, 1929): “Las personas buenas existen. Las normas y las virtudes cambian, pero el criterio de buena moralidad siempre es el mismo. En contraste con el mal, la bondad puede ser definida mediante una fórmula general. Una persona es buena si prefiere sufrir la injusticia antes que cometerla. Cualquiera que ponga en práctica esta definición formal es bueno”.
Es bueno que nos lo repitamos: las personas buenas existen. Con demasiada frecuencia, el cúmulo de noticias que nos llegan son tan negativas que pensamos, en nuestro interior, que todo está corrompido y, sin embargo, es bueno que nos convenzamos de que las personas buenas existen.
Muy habitualmente, los buenos ciudadanos no son conocidos; hacen su trabajo con corrección, cumplen con los deberes cívicos e, incluso, se implican generosamente en causas perdidas dando su tiempo y talento, pero nadie los conoce. El mal vende; el bien es discreto, pero es lo que salva al mundo de la barbarie.




